jueves, 5 de enero de 2012

INCREDULIDAD ABSOLUTA


Viene caminando despacio, vestida de negro, cojeando, una mano tras la bufanda. Llega hasta nosotros y se detiene.

Héctor y yo estamos esperando el autobús. Llevamos en la parada más de veinte minutos que ya se hacen eternos.

“Que venga ya, que el público se va, la gente se marea y el público se meaaaaaa” canto, cogiéndole las manos para batírselas en palmas. Está sentado en mi regazo. Se ríe mientras dice: otra-otra vez! Vuelvo a cantar. Por un momento pienso si la letra no roza la macarrería. Pero me da igual porque llevamos más de veinte minutos allí sentados, cansados y hambrientos. Son casi las tres y aún no hemos comido. La letra de la canción parece lo de menos.

Venimos de un “parque especial”, denominación dada a cualquier parque que se distinga de cualquier otro por su belleza, grandiosidad o colorido. Lo hemos pasado bien, Héctor se ha montado en todo y luego ha estado jugando con sus coches en la arena. Uno de ellos, de color rojo, pequeño y heredado de sus primos que ya rozan la treintena, se ha quedado bajo la tierra y hemos sido incapaces de encontrarlo. Nos vamos sin él…

De camino a la parada del autobús me dice que no quiere andar más, que está cansado. Se sienta en el suelo, lloriquea…son las 2 de la tarde. Pienso que a esa hora ya deberíamos estar en casa, yo ultimando la comida,  él lavándose las manos en un volcán de espuma.

En la  acera de enfrente hay una tienda de chinos que se me antoja providencial ¿quieres una chuche para reponer fuerzas? le pregunto. Se le iluminan los ojos. Al fin y al cabo, casi nunca come chuches… El mismo elige cuál le apetece entre un sinfín de variedad de colores y formas. Y se la come de camino, a pequeños bocaditos para que le dure más.

Vuelve a pararse. La chuche se ha terminado y quiere otra. Dice que está cansado otra vez… Tengo claro que no voy a comprarle otra. Se sienta en el suelo, llora. Miro alrededor. Dónde está la maldita parada? Sé perfectamente que no va a caminar, así que le cojo en brazos. Dieciocho kilos son demasiados para mí! De repente me abraza, me da un beso en los labios, dice: mami……

Y llevamos más de veinte minutos esperando el autobús, cantando y palmeando cuando la señora se detiene frente a nosotros y se fija en el niño. Le sonríe, le hace unas gracias. Y me cuenta que tiene 90 años y una trombosis. Me enseña la mano que escondía tras la bufanda, deformada por la enfermedad. “Tengo cuatro hijas y dos de ellas no quieren saber nada de mí…. con las que más he pasado y más trabajo me han dado” se muerde el labio de abajo, pesarosa. Vuelve a sonreir a Héctor, le acaricia la mejilla. Se despide y se marcha con su paso vacilante.

Héctor tararea una canción inventada. Le abrzo y me cuesta creer que pueda dejarme de lado algún día... si le he parido y amamantado, si he atendido cada despertar, si le he llevado en brazos a costa de mi espalda dolorida, si he atendido su fiebre o su dolor, si soy su compañera de juegos, la que se inventa planes y maneras para que el mundo sea divertido y gratificante, si le educo en la generosidad, el amor y la confianza…. Si me necesita, si me llama, si me busca cuando se cae para llorar en mis brazos. Si soy su vida entera. Y él la mía.

Por fin viene el autobús. Subimos. Le siento en el primer asiento, el más próximo al conductor, el que más le gusta. Le brillan los ojos.

Entretanto decido que haré patatas fritas en cuanto lleguemos a casa, como culminación de una mañana redonda para nosotros dos.

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