Este relato y sus personajes, son ficción. Cualquier parecido con la realidad será, quizás, pura coincidencia.
Son las 6 de la mañana y ya está Yolanda en la cocina, frente a una humeante taza de café. Todavía lleva puesto el pijama y el pelo le cae, desordenado, sobre los hombros. Bosteza y mira de reojo la pila de cacharros que le esperan sin fregar. Cierra los ojos un segundo y se toma el café casi de un trago. Suspira.
Cuando el reloj marca las 7 ya camina Yolanda apresuradamente por la acera. Debe abrir el bar donde trabaja como camarera. Aunque no sólo es camarera porque también friega vasos y cacerolas, ayuda a cocinar, hace pedidos, limpia los baños y hasta ejerce de relaciones públicas. Luego, al finalizar el día, echará el cierre y cogerá el último metro.
Pero Yolanda no siempre fue camarera. Antes fue comercial en una empresa de cosmética. Ganaba un buen sueldo, tenía un buen horario, viajaba mucho y sentía que la gente la respetaba. Y antes de eso fue vendedora de cosmética. Le gustaba hacerse la manicura y pintarse los labios y las pestañas. Y antes de eso fue peluquera. Y antes estudiante de peluquería... Pero todo aquello quedaba tan lejos.... Lo único cierto es que ahora es camarera. Una camarera triste, una camarera simpática y triste.
Yolanda está casada desde hace algunos años, quizás demasiados. Cuando ella llega a casa su marido está sentado en el sillón de la salita. Pero no la espera a ella, sino el momento de hacer cualquier cosa o tal vez de no hacer nada. Probablemente él ya ha cenado. O no. Se saludan de lejos, sin mirarse. Ella se ducha, destiende la ropa, la dobla, la guarda, se prepara algo de cena y abre una lata de cerveza que bebe sentada junto a él, mientras ven algo por la tele y en silencio. Luego prepara la comida del día siguiente, friega el suelo de la cocina y descubre que le sobra algo de tiempo para leer un rato antes de acostarse. Pero los ojos se le caen antes de terminar la primera página.
Entra en el baño y contempla en el espejo la tristeza de sus ojos mientras imagina una huida para escapar de su propia vida y empezar de nuevo. Volver a ser aquella Yolanda que se perfilaba las cejas y se maquillaba los ojos cada mañana. Le gustaría vivir una historia de amor, una aventura que le erizara la piel otra vez. Pensó que le encantaría tener dos o tres hijos y jugar con ellos sobre la alfombra. Querría sentirse escuchada, querida, valorada.
Finalmente se cepilla los dientes, se lava la cara. El toallero está roto, al mueble le falta un cajón. Se sienta en el suelo y llora tanto que sus lágrimas mojan la baldosa.
Siente la mano de su madre, muerta hace algún tiempo, sobre su cabello, consolando a su niña que llora, angustiada y exhausta.
A Jotace, por darme el argumento.

Uff, Laura. Vaya historia de perdedores. Todos hemos llorado alguna vez así por sentir la incapacidad de retomar las riendas... Y hemos necesitado esa mano de consuelo que a veces se antoja tan lejana...
ResponderEliminarMe ha gustado mucho. Muaccs!
Lau! Hace tiempo que no me pasaba por aquí! Que vida no, siempre esperando algo y con cada cambio, dándonos mas vueltas entre lo que es y lo que pudo haber sido...
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